viernes, 26 de abril de 2019

La máquina de FANTASEAR

Hace tiempo que no desmitifico jaimitadas nacionalistas y vamos a meternos a refrescar un poco el tema.
Los nacionalismos, según Orwell, malgastan energías en crear mundos de fantasía donde el pasado ocurre como nunca ocurrió y como los nacionalistas quisieran que hubiese ocurrido. Sus fabulaciones pueden parecer siniestras o risueñas, truculentas o divertidas, pero resultan siempre paranoides.
La máquina de fantasear se halla en movimiento perpetuo, y así, por ejemplo, nuestros nacionalismos domésticos poseen ya mitologías de la Guerra Civil, del franquismo e incluso de la Transición. En su primera época, los nacionalismos sintieron predilección por la mitología de los orígenes prehistóricos de los pueblos, pero, dado que el racismo era un ingrediente esencial de aquélla, fueron abandonándola tras el descrédito del concepto de raza después de la Segunda Guerra Mundial.

El galleguismo desarrolló un racismo poético e inverosímil. Manuel de Murguía (apellido muy galaico como se ve), esposo de Rosalía de Castro, se inventó una raza céltica ad hoc, y proclamó que los gallegos se caracterizaban por ser todos altos, rubios y de ojos azules (aunque él mismo no pasaba del metro y medio y era escuchimizado y cetrino, de cabellera oscura y crespa).
La Edad Media ha conservado su prestigio en la fantasía nacionalista, que descubre florecientes comunidades nacionales en reinos minúsculos aficionados a destriparse entre sí cuando no los diezmaban el cólera o la peste negra, y deplora en cambio la formación renacentista de los Estados modernos, con sus burocracias y ejércitos profesionales.

La tan traída y llevada guerra de Navarra (1512-1516) fue una guerra civil, con motivaciones dinásticas, en la que los bandos nobiliarios autóctonos se dividieron y enfrentaron, a favor unos de los Labrit, y otros, de los Trastámara.

Resulta ocioso recordar que Ignacio de Loyola, el santo favorito de Sabino Arana, se quedó cojo en el asalto a las murallas de Pamplona, combatiendo al servicio de Fernando (que, por cierto, era vascohablante de cuna, mientras su adversario Labrit, más francés que Hollande según todos los indicios, apenas chapurreaba el bearnés).

Es interesante resaltar, por el contrario, el hecho menos conocido de que el primer escritor en lengua vasca y hoy glorificado como poeta nacional "basko", el clérigo Bernard Dechepare, fue perseguido por los partidarios de Labrit a causa de sus simpatías por el rey Católico.

Los mitos nacionalistas son cuentos de buenos y malos. La historia de verdad nunca ha sido así. Arturo Campión, patriarca del nacionalismo vasco en Navarra, murió en San Sebastián en 1936 preguntando si habían llegado los suyos (o sea, los requetés); Francesc Cambó, el líder del catalanismo histórico, se pasó al bando de Franco, y lo mismo hicieron Pla, Risco, Barriola y un buen número de prestigiosos escritores nacionalistas catalanes, gallegos y vascos.

Y no olvidemos que el Lehendakari Aguirre (solo 9 meses de 1937 como tal) se refugió en el Berlín de Adolf y tratado como uno de los suyos. La vida desmiente siempre, con su ambigüedad, el maniqueísmo de las ideologías.

4 comentarios:

  1. Perfecta descripción de cómo son los nacionalistas relatando nuestro pasado.

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  2. Los de la factoria DISNEY son unos aprendices de éstos en imaginar fantasias.

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  3. Son tan contradictorias las historias nacionalistas en relación a las realidades, que por eso no gustan que en os coles enseñen mucha HISTORIA. Mejor dicho, NADA de Historia.

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  4. Es increíble que siendo real que Arturo Campion estuviera esperando la llegada de los requetés, los que dieron palo a los "gudaris" del peneuve, o que Cambó en Cataluña apoyara a Franco para que barriese a los suyos, lo mismo que tantos intelectuales originariamente nacionalistas.
    Pero estas cosas procuran los señoritos nacionalistas taparlas como sea.

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