miércoles, 5 de junio de 2019

Teresa y Sancho Panza

Para desesperación de su mujer, a la muerte del hidalgo Don Alonso Quixano, Sancho había decidido meditar reposadamente, y se pasaba todo el día en casa, solazado, como ella decía, y allí se lo encontró el criado de Sansón Carrasco, sentado en el patio, trenzando, para entretener sus ocios, un cesto de mimbre.  

No era precisamente una mujer paciente Teresa Panza, y tampoco se ahorraba los comentarios acuciantes e intempestivos, si pasaba a su lado.

-"No es bueno, te lo tengo dicho mil veces, marido mío, que te pases el día mirando las sapas verdes, o maquinando en la mollera, porque no hay cosa peor que la de pensar a secas, sin otra salsa. Para qué queremos más cestos. Llevas hechos más de treinta. ¿Serás cestero ahora? ¿Dónde los venderás, quién va a querer comprártelos, te sumarás a una tribu de gitanos y los mercarás por esos pueblos de Dios? 

 Y no me digas cómo, pero he oído decir que en las casas que recogen a los frenéticos suele haber dos clases de orates, los que se pasan el día gritando como desaforados, y los que como tú clavan la vista en el suelo, y no la levantan en todo el día, como los bueyes mansos, y por más que les pregunten, no responden, como tú, que no parece sino que los locos son todos los demás y no ellos. 

 Ay, que terminarás tú como don Quijote, que mala sombra se lo haya llevado."

 -Calla, perra, y no muerdas la mano que te ha dado tu regojo.Y yo todavía sé hablar, incluso a ti. No consiento que nadie hable mal en mi presencia de quien fue la "florinata" de la caballería andante y por quien comes el pan que ahora comes. 

Y si es cierto que yo, que fui quien mejor lo conoció, certifico los puntos de su locura, también puedo asegurar que nadie como él supo dar consejos al que los necesitaba, y tantas y tan buenas cosas salieron de sus labios, como inmejorables ideas de su magín. 


Y así te digo que vendrán tiempos que lo conozcan en los altares, y me parece que antes de que cunda la especie, hay que atajar la que lo presenta como alguien rematadamente loco. Pudo estarlo, no digo que no, en un principio. 


Pero yo he sido testigo de cómo cada día que pasaba decía más y más cosas juiciosas, y no recobró la cordura de repente, como ahora creen todos, sino que eso ya se había empezado a producir de antes, porque nada de lo que sucede, se improvisa, todo viene de lejos, y eso lo sabíamos mejor quienes más lo tratamos: que si no se le tocaban los asuntos de la caballería, nadie hubiera podido negar que tenía enfrente a uno de los más cabales hombres de este siglo


Ya su locura no fue diferente de todos los hombres, incluido el papa y el rey, que si se buscara en las entretelas de sus cabezas no sería dificil encontrarle a cada cual su propia locura
 en lo cabal, tan subida, si no más, que la de don Quijote. 

Y le bastaba su conciencia para obrar, y a ella sola se atenía, y socorriendo al necesitado, a la viuda, al viejo o al niño, no se equivocaba nunca, porque nadie se equivoca ayudando al débil, al pobre, al menesteroso. No hay más santidad que la de la voluntad, y él quiso, e hizo el bien. Pudo querer y quiso poder. 



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